
El 20 de noviembre de 1959, la Asamblea General de las Naciones Unidas se reunió con la intención de reafirmar los derechos universales de la niñez y para que se celebrara en cada país del mundo un día que se consagraría a la fraternidad y a la comprensión entre los niños del mundo entero y se destinara a actividades que desarrollaran el bienestar de todos los niños del mundo. En El Salvador, el Día del Niño se celebra el 1º de octubre de cada año.
Creo que el sentido de la Declaración de Los Derechos del Niño se resume muy bien en la consideración que hacen en su preámbulo y que dice “la humanidad debe al niño lo mejor que pueda darle”.
Se me vienen un millón de ideas cuando veo esta frase, pero después de mucho disertar llegué a la conclusión de tomarla como punto de partida para reflexionar sobre lo mejor que yo pueda darle a mis hijos en general y a Mariana en particular.
Yo quiero que sean felices. Que se realicen en cualquier cosa que decidan desarrollar y que se conviertan en personas exitosas, sensibles a su entorno y con capacidad de ser agentes de cambio para aquellas cosas que necesiten ser cambiadas. Para ello ¿qué les puedo dar? Educación. Principios. Estabilidad.
Para realizarnos como personas, todos necesitamos de la aceptación de la sociedad. Eso es un hecho. El hombre es un animal social y, como tal, debe adecuarse a algunos y lograr que otros se adecuen a él. No es una persona sana aquella que vive aislada. Así pues, en principio, necesitamos enseñar a nuestros niños a vivir en sociedad y esta enseñanza empieza desde el grupo familiar y se va ampliando como un espiral que inicia en desde su centro hasta convertirse en un trazo más largo que abarca la escuela, los amigos, el trabajo, la comunidad.
No existen sociedades aparte. No hay, como decía una vez una buena amiga “súper-mercados especiales para personas con Síndrome de Down”. Lo que sí hay es mucho trabajo. Tanto para dotar a nuestros hijos con las herramientas necesarias para formar parte de la sociedad, como para cambiar el paradigma de la sociedad hacia las personas con Síndrome de Down.
No es un trabajo fácil, pero tampoco es imposible. Es, más bien, un proceso lento.
Si pensamos en la percepción que se tenía de las personas nacidas con la Trisomía 21 hace unos veinte años, versus la de ahora, nos damos cuenta de que ha habido una evolución. Un adelanto enorme…y han pasado veinte años.
Yo veo a mi hijo mayor con Mariana y entonces…Tengo esperanzas. Porque ya mi hijo es una personita que sabe que su hermana es, simplemente, una niña (además de una hermana para pelear, quitarse las cosas y etc.) y así lo saben sus amigos.
Veo a Mariana en su kínder y me alegro de haber escogido ese kínder…Bueno, no les había contado pero Mariana ya va al kínder y fue muy satisfactorio para mi cuando Lucía, la directora, me expresó que para ella había sido fabuloso que yo llegara a preguntarle si la podía inscribir (es que Mariana no camina todavía, por eso pregunté), porque, siguiendo ella un programa europeo (pero adaptado a las exigencias del Ministerio), para ella era importantísima la inclusión, que beneficia a todos, pues los niños que no tienen Síndrome de Down se hacen más tolerantes y abiertos, y Mariana recibe un estímulo que necesita y que la ayudará en su participación activa en la comunidad.
Oigo a mis amigas y siento como va cambiando su percepción del Síndrome de Down. Y pienso en ese espiral que, poco a poco, se va ampliando.
En la Declaración de los Derechos del Niño establecen que el niño con discapacidad merece “una atención especial que asegure su autosuficiencia y facilite su participación activa en la comunidad”, lo que podríamos atar con la premisa que dice que el niño tiene derecho a “educación que promueva un espíritu de compresión, paz, tolerancia e igualdad” y obtenemos, un buen concepto de inclusión.
El tema de la inclusión se me viene a la cabeza con lo del Día del Niño, porque es lindo ver niños todos juntos, sin importar sus capacidades o “discapacidades”, siendo simplemente niños. Cantando Barney o viendo Hi-5. Comiendo pizza y esperando al Pizza Puch. Jugando pelota. Subiéndose en carritos o peleando por ellos. Pintando. Recortando.
Buscando un poco sobre lo que es inclusión en Internet, me gustaría recomendar lo que se explica en Wikipedia, donde se define claramente lo que es; pero quiero resaltar la educación inclusiva, pues allí establece que esta “no sólo respeta el derecho a ser diferente como algo legítimo, sino que valora explícitamente la existencia de esa diversidad. Se asume así que cada persona difiere de otra en una gran variedad de formas y que por eso las diferencias individuales deben ser vistas como una de las múltiples características de las personas”. Me encanta. Quiere decir que no estamos solos demostrándoles al mundo que todos somos iguales, pero diferentes.
Es como la canción de Barney: “Somos especiales, todos, de alguna manera, cada quien con su forma de ser…”(soy mamá de tres niños pequeños. Barney es mi pan de cada día).
Entonces, en este proceso de romper paradigmas, tenemos cartas ganadoras. Vamos lento, pero seguro. En algún momento, habrá fotos de niños tomados de la mano y allí aparecerá alguno con los ojos “chinitos” y expresión encantadora, aceptado tal y como es, sin “lástimas” ni perjuicios…Y por cierto que uno de esos momento podría ser el 12 de octubre, en Zaragoza donde celebraremos el día de todos los niños… para ser inclusivos a la inversa.
Por Hester Mata